La primera vez que enfloré a mi bisabuela

Cortesía/Maje
Entré al cementerio una vez y nunca más quise volver.

Antes de comenzar la historia, debería contarles que mi bisabuela murió en 2003, yo tenía seis años, los recuerdos de ese día son muy pocos. Solo puedo recapitular  que desperté a media noche en casa de mi abuela, y me asusté, porque nunca había dormido fuera de mi casa. 

Le pregunté a mi mamá por qué estábamos ahí, me respondió diciéndome la verdad, pero no le entendí, así que seguí durmiendo.

Al siguiente día comprendí de qué se trataba, fue extraño pero no me dio ganas de llorar, solo era algo nuevo, casi que no me lo creía, pensaba en por qué mi abuela, (en realidad era bisabuela) estaba con los ojos cerrados y algodón en los oídos, no me resultó triste, solo extraño. 

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Cementerio de Guadalupe. Cortesía /Maje

A partir de entonces tuve a alguien a quién enflorar cada dos de noviembre. Conforme pasó el tiempo fui haciéndome más consiente del significado del día. La primera vez que fui al cementerio tenía nueve años. 

En León se vive muy en familia este día, desde la mañana mandan a comprar las flores para tenerlas en agua en la casa, luego en la tarde después de haber hecho las labores domésticas se reúnen todos y van juntos al cementerio. 

En mi caso, mi familia iba al cementerio de Guadalupe. A eso de las cuatro de la tarde salimos con flores sobre todo amarillas y blancas, los hombres llevaban machetes y herramientas para dar mantenimiento a la tumba. 


Por qué se celebra el Día de los Fieles Difuntos 


Esta tradición del día de los fieles difuntos empezó a partir del monje San Odilón, que en el año 998 estando en Francia, propuso celebrar una misa para orar por las personas muertas porque según la tradición católica, algunas de las almas que pasan al otro mundo, están  en el purgatorio y ellos no pueden hacer nada para salvarse, por lo tanto los vivos son quienes deben orar por ellos. 

Pero siguiendo con mi historia, cuando llegamos al cementerio, la entrada estaba abarrotada de gente, parecía mercadito. Había buñuelos, flores, turrones, dulces rayados, incluso tuve que hacer filar para ingresar al cementerio. 

Cortesía/Maje

Mi abuela está enterrada bastante atrás, así que caminamos pasando por muchas tumbas, lo curioso es que me fijaba en lo bien arreglada que estaban las tumbas, algunas tenían unas casetas que las hacían más elegantes, así que ahí estaba yo leyendo los nombres de las personas enterradas en las tumbas más bonitas. 

Otras fiestas en el mundo como los Agüizotes
 

Cuando llegamos al sepulcro de mi abuela, que por cierto se llamaba Mercedes Vaca, me senté en la tumba de la persona que estaba al lado para esperar que mis primos y tíos limpiaran el lugar. 

Luego las mujeres comenzaron a quitar los plásticos de las flores y los echaron en una sola bolsa, hasta ese momento me integré a la situación, empecé a poner flores en la tumba de mi abuela,  la tierra estaba mojada, por eso mi familia me pedía que enterrara las raíces de las flores en la tierra. Después de un rato me sentí rara, así que dejé de hacerlo. 


La sensación extraña 


Es que me resultaba extraño, es decir, el recuerdo de mi abuela me parece mucho más bonito y acogedor cuando está en mi cabeza, no en una tumba, ese lugar de alguna manera volvía los sentimientos vulgares, muy ordinarios. 

Prefería pensar en mi abuela, como la señora viejita que me cargaba con una piñata al lado, o la señora de los ojos caídos que me miraban con ternura aunque yo no le prestara tanta atención, inclusive me parece más agradable recordarla cuando la miré en la cama, sin vida, porque me seguía pareciendo tranquila o que estaba durmiendo serenamente. 

Bryam Martínez/Maje

Esperamos en el cementerio como dos horas a que algunos familiares hablaran con la tumba, entiendo eso como una manera de liberarse del dolor, aunque desde entonces me parecía incoherente.

Si en esa tumba ya no existe nada y hablar con el recuerdo de una persona muerta es un método de catarsis, se podría hacer todos los días desde cualquier parte, no necesariamente desde una tumba donde no hay nada. 

Salí de ahí con ganas de no volver nunca. Solo me enfrenté con una situación que no me gustó, incluso recuerdo que en otro sepulcro estaban sacando los restos de alguien, eso me puso peor. 

Desde entonces nunca he vuelto a ese lugar y debo confesar que dejé de preguntar cosas de mi abuela, fue como si hubiese preferido borrar todo recuerdo a partir de esa experiencia. Y no lo había pensado hasta ahora, probablemente porque la muerte es un tema que me da curiosidad individualmente, pero nunca los sentimientos producto de la muerte de un familiar. 

En todo caso, las personas entienden los sentimientos de manera diferente, cada una los vive y expresa como quiere, en mi caso prefiero no ir a un cementerio.
 

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