Blog | Mi primera vez con el psicólogo

Entre el corre y corre de la casa, el trabajo y los “problemas” se nos escapa pensar en nuestra salud mental.

¡Tenés que ir a un psicólogo!”, me dijo una amiga cuando le conté que desde hacía unos meses estaba sufriendo de ansiedad. “¿Creés que sea necesario ir?”, respondí. La verdad es que nunca pensamos que todos necesitamos de un experto en psicología para enfrentar ciertos problemas de ansiedad, amor, autoestima… “Pero es necesario, es una inversión”, recuerdo que me comentó alguien en alguna conversación.

Crecí con la idea absurda de que los psicólogos solo atendían a locos. ¿Qué equivocado, no? Pues bien, le tomé la palabra a una amiga periodista y decidí ir a la consulta que me había programado. Fue un viernes. Desperté a las 7 de la mañana y pasé viendo hasta 9:30 a.m. The Game Of Trones. Luego pensé en la cita, en el dinero que gastaría. Recibí la llamada de mi amiga preguntándome si iba y le dije: “Estoy tomando el taxi”. Mentí.

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Me sentía comprometido, lo admito. Me lancé de la cama, me puse la ropa del día anterior y me fui, con la esperanza que la doctora no estuviera o no me atendiera por llegar tarde. Tomé el taxi. Me dieron una dirección y no lograba ubicarla. Llamé a la doctora y no me contestaba. ¡Punto a favor! Mientras caminaba por Los Robles, en Managua, pensé: “Probá, José, no lo veás como un gasto”.

Dejé de pensar en que desajustaría mi presupuesto quincenal y traté de ubicar el consultorio. Llamé a mi amiga dos veces para preguntarle por la ubicación de la clínica, por el color de la casa o cualquier otra descripción. Ese día llovía en Managua y temía mojarme, pasé por el lugar varias veces y no me percaté, quizá porque mi mente terca no quería que hablara sobre los destrozos que hace en mi cabeza. 

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Llegué y una mujer de aspecto dulce atendió a la puerta. Entré a la clínica, una casa de aspecto sencillo pero acogedor, y caminamos por un pasillo hasta llegar a la puerta de la sala, un cuarto transformado, donde atiende. Antes de entrar pensé en cómo sería el juego, si ella me preguntaría sobre mi vida o yo le contaría. Imaginé cómo sería el consultorio, si me acostaría en un sillón mientras ella anotaba en una libreta.  Pensé en todo y en nada. Entramos y me encontré con un estudio normal: un escritorio, dos sillas y una pequeña sala al lado. No sé por qué no recuerdo más.

Me senté frente a ella. Me dijo que algo le había pasado a su teléfono y que por eso no recibió mis llamadas. Me llamó Jesús,  y respondí que me llamaba José, que tenía 24 años, que me había perdido buscando la clínica y que había puesto su nombre en Google para saber de ella y para encontrar una dirección exacta que me ubicara. Se rió, empezó a llover y me dijo que nos moviéramos a la pequeña sala.

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No sabía dónde sentarme. ¿Cuál es el lugar del paciente?, me pregunté, pero de inmediato me senté en un sillón. Ella tomó una agenda, un lápiz y me dijo: “Contame”. Titubeé. No sabía por dónde empezar, era mi primera vez con un sicólogo. Debo decir que sus ojos de color, no recuerdo si azul o verdes, me dieron confianza.

El momento era idóneo porque la luz era tenue, su consultorio reconfortante y la lluvia le puso música de ambiente a la cuestión. Empecé por lo más difícil: sufro de insomnio, vivo ansioso, no me gusta estar solo… de ahí vinieron más cosas a mi mente hasta sincerarme, contar la versión real de mi vida. Volví a mi niñez varias veces y casi lloro.

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No me percaté de cuánto hablamos. De pronto me interrumpió y me indicó: “Vamos a darle forma al muñeco”. Me compartió su diagnóstico y yo solo asentí. Luego me explicó algunas situaciones que me hicieron pensar que ella es distinta, y que algunos puntos de vista diferían a los de algunos amigos. Ese día comprendí que vengo arrastrando ansiedad y otros problemas desde niño, pero que aún no sé qué los causaron.

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Y estoy seguro que eso nos pasa a todos, pero entre el corre y corre de la casa, las clases, el trabajo y los “problemas” se nos escapa pensar en nuestra salud mental. Muchos no vemos necesario ir a una consulta psicológica para sobrellevar cargas emocionales que no nos dejan avanzar. A diario nos exponemos al estrés, a la tristeza y a malos días que ignoramos, en vez de plantearnos que podríamos estar mejor si buscamos ayuda.

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